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AYUDA A OAXACA

LAS VENAS ABIERTAS

Cesar Hildebrandt

http://bloghildebrandt.blogspot.com/2009/04/las-venas-abiertas.html

domingo 26 de abril de 2009, La Primera, p. 4 

Álvaro Vargas Llosa acaba de escribir una diatriba en contra de Eduardo Galeano. Se diría que el escritor de “La contenta barbarie” se ha abierto las venas en la tina de un “Ramada Inn”.

El primer problema es que a Vargas Llosa junior le debe haber reventado la vesícula biliar con eso de que “Las venas abiertas de América Latina”, en su versión traducida al inglés, está ahora entre los diez libros más vendidos en la librería virtual de Amazon.

Y todo eso gracias a Hugo Chávez, que es la versión cachaca de Carmen Balcells y que tuvo a bien regalarle el libro a Barack Obama en la amiguera Cumbre de Trinidad y Tobago.
Con lo que “Las venas abiertas de América Latina” es ahora un best seller, un hipo editorial, un fenónemo del mercadeo chavista.


El segundo problema para este hijo de Mario y de Patricia es que Galeano escribe como los dioses y puede lograr que un ensayo, el género por excelencia del aburrimiento, parezca una feria del idioma y una pista de patinaje donde discurres como si no te costara.

Como algunos pocos saben, los libros de Alvarito son un tanto transgénicos y se te caen de las manos y están considerados por la OMS como somníferos tan potentes que deben expedirse con receta médica.

Y cuando Alvarito se reúne con la momia de Plinio Apuleyo Mendoza (que hace años usurpa al Plinio Apuleyo vital y centrado que murió a manos de un cartel editorial) y con Carlos Alberto Montaner, esa Celia Cruz del conservadurismo tipo Miami Herald, entonces salen los manuales para idiotas escritos por imbéciles y las reseñas apoteósicas en “El Diario de las Américas”, un periódico mural rupestre fundado en Altamira y de gran influencia en las cárceles de Florida.

A lo que iba es que la prosa a ratos prodigiosa de Galeano le debe saber a curare-souer a Vargas Llosa junior. Y es que el sueño de este reaccionario que escribe al contado es que los ensayos antiimperialistas sean tan plúmbeos como sus libros y que no los lea nadie y que se oxiden en los anaqueles.

No ha sido ese, desde luego, el destino de “Las venas abiertas de América Latina”, que se publicó en 1971 y ha conocido de varias reediciones multitudinarias y es considerado por muchos como el condensado más efectivo que la izquierda pensante ha producido en estas tierras.

Porque el libro de Galeano es un Atlas del saqueo, una enciclopedia de las insoportables inequidades que América Latina padece desde su fundación republicana. Y esto a pesar de que algunas de sus cifras han quedado anticuadas por la velocidad de la injusticia.

Por ejemplo, cuando el libro se publicó había 120 millones de latinoamericanos que recibían, en cuota del PBI, el equivalente de lo que se engullían seis millones de privilegiados de la región. Esta brecha se ha duplicado en los últimos años de crecimiento sin desarrollo y de prosperidad oficial y pobreza real de amplísimos sectores.

El libro de Galeano es un viaje intelectual, cargado de números y precisiones históricas, por la América Latina abierta en canal y eviscerada sucesivamente por españoles, ingleses y estadounidenses.

Y la pregunta que late como un pulso en sus páginas es esta: ¿Por qué somos tan pobres si somos tan ricos?

Y, claro, la respuesta enardece a quienes quieren hacernos creer que el imperialismo es un invento de los fracasados y las asimetrías un cuento de los marxistas y el latrocinio de ríos y montañas una leyenda de los nacionalistas acomplejados.

Pero el problema es que Galeano no se queda en el discurso sino que saca cifras del sombrero y cita estadísticas de organismos oficiales. Y las cifras no suelen mentir: América Latina sigue ahora debiendo la misma deuda externa de hace treinta años, habiéndola pagado dos veces, con intereses y todo.

¿Cuántos millones de pobres dejaron de serlo gracias a esa deuda? Ese dinero se esfumó en infraestructura para la inversión extranjera (que se retiró apenas quisieron monitorear sus remesas), en líneas de crédito que sólo las oligarquías disfrutaron y en el anchísimo rubro de la corrupción.

¿O ya no recordamos que el señor Chávez es hijo violento de Carlos Andrés Pérez y sus millones de dólares puestos en Nueva York a nombre de su secretaria?

No comparto con Galeano el respeto reverencial con el que se dirige a la dictadura cubana -no sé si ahora su actitud es otra-, pero no dudo en recomendar a tanto desorientado que anda por allí en los blogs la lectura de “Las venas abiertas de América Latina”.

Aunque Alvarito se moleste y vuelque sobre el libro las maldiciones y las iras del imperio.
Porque es curioso: Alvarito dice en su arremetida en contra de Galeano que eso del saqueo es una estupidez y un mito y que, en la práctica, Estados Unidos no necesitó nunca las riquezas de América Latina.

Y entonces, ¿por qué Estados Unidos se metió en el bolsillo a Cuba, a Filipinas, a Puerto Rico? ¿Sólo porque no quería, siguiendo a Monroe, que el viejo imperio español continuara en las Américas?

Y si el imperio es una leyenda, ¿por qué entonces, por ejemplo, el golpe de la United Fruit en Guatemala (1954) o la alianza de su sucesora, Chiquita Brands, con el terrorismo de derechas en Colombia (2003-2004)?
¿Y por qué Irán para imponer al Sha? ¿No fue una manera armada de servir a la British Petroleum y a sus socios estadounidenses? ¿Y por qué Allende? ¿Y Vietnam? ¿Y Cuba desde la Enmienda Platt? ¿Y ahora Irak, reconstruido por forajidos y ladrones tras ser destruido por forajidos y ladrones? ¿De quién es el petróleo iraquí? Porque algo es seguro: ya no es de los iraquíes.

Pobre Alvarito. Trata de demostrar lo más sesudamente que le dan las neuronas de que el imperialismo es un mito. Lo que no sabe es que él mismo es la demostración de que el imperio es una grasienta realidad.

Porque, ¿quién le paga para decir con cara de palo tamañas mentiras? Le paga el imperio, claro. La caja chica que las corporaciones destinan a sus escribas en los suburbios del sur. Y lo festeja la prensa que cree que este desorden putañero será eterno

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